Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Cuento» EL CLON


Hacía dos años que Martins, uno de los biólogos más destacados del mundo, vivía solo en la estación espacial. La soledad y el tiempo que echaba de menos a su familia lo entristecían, pero todo eso quedaba compensado con el extraordinario resultado que acababa de obtener en sus experimentos de clonación: había podido crear un ser por completo idéntico a él.

Hacía una semana que había hecho salir a su doble de la cápsula de formación y ese momento fue un gran acontecimiento que el equipo que colaboraba con él desde la Tierra pudo seguir por televisión. Las autoridades del Laboratorio anunciaron entonces que irían a ver al clon con sus propios ojos y que al fin Martins tendría su merecido descanso en la Tierra.

El arribo de los directivos del Laboratorio estaba previsto para una semana después y Martins esperó ansioso ese momento. Volvería a la Tierra convertido en una celebridad y podría reencontrarse con sus seres queridos.

La semana que siguió fue interminable.

El primer día se dedicó a hablar con el Otro para comprobar hasta qué puntos increíbles eran idénticos. Comparó cada detalle corporal, incluidas las huellas digitales, y la copia era perfecta. Le hizo preguntas y en todos los casos terminó asombrado: el Otro sabía exactamente lo mismo que él. Incluso los episodios infantiles que Martins no recordaba del todo eran igualmente confusos para los dos.

Todo eso resultó simpático los primeros dos días pero a partir del tercero Martins comenzó a molestarse: era insoportable, siniestro, ver al otro igual a él, diciendo al mismo tiempo las mismas cosas, dirigiéndose al baño al mismo momento. Solo lo alentaba saber que en unos días él se marcharía.

El anteútimo día le enseñó al Otro a manejar máquinas y controles de la estación aunque sabía que no era necesario: ambos conocían las mismas cosas.

En la mañana del último día Martins notó cierto nerviosismo en el Otro y no pudo menos que alegrarse: al menos empezaba a darse alguna diferencia, ya que él, Martins, estaba eufórico porque faltaban horas para regresar a su casa. Incluso el Otro apareció con una pequeña herida en la cara y dijo que se la había hecho al afeitarse. «No somos tan iguales, yo soy más cuidadoso», pensó Martins.

Al fin la nave llegó y los directivos los miraron asombrados. Martins les preparó una broma: hizo que Otro fingiera ser Martins y él, el doble. Después de dos horas los directivos pidieron entrevistarlos por separado y allí Martins les aclaró la verdad. Así pasó la jornada de trabajo.

Lo horroroso ocurrió al día siguiente.

Al despertarse, Martins se sorprendió al ver que la nave de los directivos no estaba atracada al muelle: ¡se habían marchado! Sorprendido, buscó al Otro para contarle. ¡No estaba!

Poco después encontró un mensaje que le habían dejado: decían que entendían sus sentimientos —que no podían ser distintos del Martins original—, pero ellos no podían llevar a la Tierra un ser de sus características. Y que incluso los había alarmado que él tratara de hacerse pasar por Martins. El experimento era magnífico —decían—, pero los seres humanos no estaban preparados para conocer algo así.

Martins siguió leyendo, desesperado. Lo dejaban allí, aislado, para que los humanos jamás supieran él. Sus movimientos serían televisados para que el señor Martins y un selecto grupo de biólogos pudieran estudiar sus reacciones.

Martins creyó enloquecer. ¿Cómo se habían confundido? ¿Cómo hacía ahora para hacerles entender la verdad? La verdad la supo enseguida, revisando los mensajes enviados a la Tierra.

Le sorprendió que hubiera un mensaje que no había redactado él: «Hoy todo marchó normal, hicimos tareas de rutina y dialogamos. El único problema fue un pequeño accidente: me corté la mejilla al afeitarme».

FIN
Libro: Perdido en la selva – Alfaguara Infantil
Autor: Ricardo Mariño - Ilustrador: Marcelo Elizalde
Edad: +10 - Colección: Serie Naranja

Extraído del libro Lengua 6 - Santillana
Fuente: Blog Sextos 2019 http://sextos2019.blogspot.com/p/lengua.html

Este libro de cuentos incluye historias y personajes divertidos. Un escritor y su editor arrojan a un joven a la selva para comprobar la utilidad de un manual de supervivencia. El abuelo Pérez invita a su cumpleaños, por medio de un anuncio en el diario, a todas las personas con su mismo apellido. Un hombre avaro es engañado por un ladrón de una insólita manera. En el espacio, un astronauta es traicionado por su clon. Un taxista se dedica sólo a viajes especiales. Un perro cambia totalmente su vida persiguiendo una idea. Los enanitos cuentan la historia de la Gigante Blancanieves. Y el tío Herminio tiene suerte de no armar un lío mayor en el zoológico donde es contratado. Un libro lleno de relatos donde predomina el humor.

Los cuentos:

“Perdido en la Selva”
“El mensajero”
• "Poliedro y la Idea”
• “El perro del millonario”
• “Un tío en extinción”
“Los Pérez festejan”
• “La Gigante”
• “Un artista del Taxi”
“El Clon”


Visto y leído en:

Blog: Las aulas del fondo
http://lasaulasdelfondo.blogspot.com/2014/04/se-largo-la-ciencia-ficcion.html
Campus Virtual ORT
https://campus.ort.edu.ar/primaria/belgrano/descargar/articulos/1267416/




Dedico este texto al chico que fui y a
todas las víctimas de las redacciones:
“mi casa”, “la vaca”, “mi barrio” y otras
que azotaron a mi generación.

Cuento» MI CASA, de Ricardo Mariño

Mi familia y yo vivimos en una casa encantada. Está encantada de ser la casa más grande que se haya visto jamás. Pero para mí ello trae algunos inconvenientes:

La habitación de mi hermano Berto tiene ciento cincuenta metros de ancho.

La habitación de mi hermano Bertoldo tiene doscientos cincuenta metros.

La habitación de mi hermano Bertoldino tiene trescientos veinte metros.

Entre pieza y pieza hay dos baños de doscientos metros. El pasillo que une las habitaciones tiene veinticinco cuadras de largo. Para ir a la cocina, por ejemplo, conviene esperar a que pase el colectivo que cada media hora va del patio (treinta cuadras) hasta la puerta de calle.




Personalmente preferiría que papá no tuviera tanto dinero ni esa manía de comprar cosas gigantes.

En mi opinión, si la casa fuera de tamaño normal y mi padre no gustara de lo gigantesco, mi familia y yo nos ahorraríamos muchas caminatas y unos cuantos líos.

En oportunidades me ha ocurrido que después de caminar varias cuadras para ir a uno de los baños, éstos estaban ocupados por Berto, Bertoldo o Bertoldino.

Hablando de Bertoldino. Hace poco trajo varios amiguitos a casa a jugar a las escondidas. Para ese juego nuestra casa es especial, y todos nuestros compañeros de colegio la prefieren. Tanto se presta para ese juego, que esa vez se perdió uno de los amiguitos de Bertoldino. Y como después de tres días tampoco aparecía, mi padre tuvo que dar aviso a la policía y a los bomberos.

Vinieron varias dotaciones, con un total de quinientos hombres. Trabajaron un día entero, revisando toda la casa. Un equipo de buzos revisó el desagüe de la bañera (ciento cincuenta metros de largo y treinta y cinco de profundidad), un helicóptero voló alrededor de los artefactos lumínicos, y una cuadrilla de exploradores se introdujo a través de los caños de las sillas del comedor.

Al fin, cuando ya se veía el desaliento en las caras de quienes buscaban, el chico fue encontrado. Mejor dicho, apareció solo. De pronto se escuchó una voz de niño que gritaba: “¡Pica! ¡Piedra libre! ¡Piedra libre para todos mis compañeros!”. Era el amiguito de Bertoldino, que había permanecido tres días escondido detrás de uno de los enormes ceniceros, arriba de la mesa de cincuenta metros que esa semana había comprado papá.



FIN


Botella al mar / Ricardo Jesús Mariño; ilustrado por Marcelo Elizalde. - 1a ed..
Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Santillana, 2015.
64 p.: il. ; 20 x 14 cm. - (Morada)



© 1989, Ricardo Mariño
© 1999, 2005, 2013, Ediciones Santillana S.A.
© De esta edición: 2015, Ediciones Santillana S.A.
Av. Leandro N. Alem 720 (C1001AAP)
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina


Botella al mar es un libro de once cuentos breves, donde los lectores podrán descubrir quiénes son los encargados de llevar los mensajes de las botellas en el mar. También conocerán la aventura de un famoso científico en la Antártida y verán cómo el valiente Hormigón Armando salva a diez mil hormigas de una catástrofe. Éstas y otras historias, entretenidas y originales, para chicos que quieren divertirse.

Contenido:
Mi casa
La vuelta al mundo de Cinthia Schoch
Aventura en la Antártida
La casa abandonada
La boca del león
Botella al mar
La vaca es muy animal
Escape en barco
Escuela para piratas
La chica y el ladrón
El diario íntimo de Ignacio Horacio Facio


Visto y leído en:

https://www.loqueleo.com/ar/libro/botella-al-mar
https://www.loqueleo.com/ar/uploads/2016/04/botella-al-mar.pdf




Durante años nadie había tenido problemas con las cartas que traía el viejo cartero don Franqueo Hapagar. “¡Postal de su prima, doña Cota! ¡Carta de la señorita de París, don Julio!” gritaba don Franqueo desde la puerta, desgañitándose. Los vecinos tomaban la correspondencia, agradecían y eran felices.
Por eso resultaba tan extraño lo que estaba ocurriendo ahora. La gente enviaba cartas bien escritas pero el destinatario recibía mamarrachos. Por ejemplo, ésta que recibió doña Paloma, la gallega:


Querida Paloma:
Escribo estas líneas para hacerte saber que me siento muy pero muy bien. En sillas, sillones y hasta en el piso. La que está más rezongona que nunca es nuestra perrita Evelia: protesta cada vez que la mandamos a Júpiter a comprar las papas. En cambio estamos muy contentos con la heladera: el vestido que le mandaste le queda una pinturita. Un queso,

la prima Vera

O esta otra que recibió Erasmo Balanza, el de la despensa:

Mi estimado señor:
Ruégole tenga a bien enviarme diecisiete litros de leche fresquita y cincuenta docenas de ratones gordos. Sin más, saluda a Ud. muy atte.

la gata de don Julio

Y el colmo fue el poema que recibió doña Rosita, la soltera:

Cada tardecita
miro tan pancho
tu rostro, bella Rosita,
de chancho.


—¡Zapallos y lentejas! Esto no puede seguir así –bramaba el verdulero–.

—¡Haga algo, don Franqueo! Estas cartas son una herida absurda –se quejaba Rosita–.

Don Franqueo no sabía qué hacer. ¿Hasta cuándo sucederían estas cosas? ¿Lo expulsarían del correo por entregar a la gente cartas mamarrachos? Preocupadísimo pensó y pensó. Hasta que decidió consultar a un detective.

FRASS KITO
Detective privado
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Don Franqueo golpeó dos veces la puerta. Desde adentro una voz inconfundible de detective dijo "pase". Don Franqueo meditó y resolvió que en este caso lo más inteligente era pasar.

—Yo vengo... —trató de decir, nervioso.

—Usted viene por el problema de las cartas. Se llama Hapagar, Franqueo, tiene 61 años y dos meses y es el cartero del barrio. Pero usted es inocente —dijo astutamente Frass Kito.

Don Franqueo lo miró maravillado. El detective siguió hablando:

—El pillo está oculto en el lugar más insospechado —y señalando a don Franqueo con el dedo, le ordenó:— VAYA A COMPRAR CUATRO SOBRES DE CARTA Y TRES BANANAS Y ESPEREME JUNTO AL BUZON DE LA ESQUINA...

—Sí, sí.

—No atienda el teléfono, no hable con desconocidos, no levante caramelos de la vereda. Ahora, vaya.

El plan del detective no estaba lo que se dice muy claro pero igual don Franqueo obedeció. A los diez minutos estaba junto al buzón sospechoso con las tres bananas y los cuatro sobres.

Al ratito llegó Frass Kito. Tenía las manos en los bolsillos de su impermeable blanco, las llaves maestras colgando del cinturón, la pipa humeante. En fin, todo lo que mandan por correo en el curso de detective.

—¿Trajo lo que le pedí, no? —preguntó—. Ahora, con cuidado, introduzca en el buzón una carta y una banana...

—¡Vamos hombre! No sea miedoso.

Don Franqueo obedeció, temblando. Tiró suavemente la carta y a continuación, la banana. El barrio, de todas maneras, mantenía su aspecto habitual: doña Paloma barría y el verdulero acomodaba las manzanas feas debajo de las lindas.

A los cinco minutos Frass le dijo a don Franqueo que metiera en el buzón la segunda carta y la segunda banana.
Todo seguía normal.

—Ahora la tercera banana y el tercer sobre. Cinco minutos más tarde Frass Kito dijo:

—Y ahora viene lo difícil. Introduzca el último sobre —lo miró a los ojos y agregó:— Sin banana.

Transcurrieron unos segundos. Después hubo un ruido en el buzón y se escuchó una voz gangosa:

"¿Y la banana? Falta la banana".

Con presteza Frass Kitoabrió las puertas del buzón con sus llaves maestras, al tiempo que repetía:

—¡Ya te tengo, ya te tengo!

Rato después, con todo el barrio alrededor del buzón sospechoso (ese nombre le iba a quedar para siempre), el detective aclaró todo, como en las películas.

—Se trata de Kiko, el mono que escribe. Hace un año se escapó del Circo Fantástico de Minessota. Desde entonces se lo anda buscando.
Después agarró al mono de la mano y le dijo:

—Vamos Kiko, la función debe continuar.


FIN


En El sapo más lindo.
Texto: Ricardo Mariño
Ilustraciones: Alicia Charré
Editorial Alfaguara



Síntesis del libro
Personajes: animalitos (el murciélago Toto, el sapo Lasik Borman), objetos (juguetes, piezas de ajedrez), el detective Frass Kito, el cartero Franqueo Hapagar, el astronauta Renato Zandanel, un grano de maíz y personajes famosos como Batman, Gardel y Maradona.
Lugar: un patio, el espacio sideral, un cine de barrio y hasta un tablero de ajedrez.
Análisis: el libro consta de nueve cuentos cortos donde el humor se manifiesta a través de nombres ingeniosos (Frass Kito), situaciones absurdas “Viaje al planeta Palanganón”, exageraciones “El Señor Peruchio tiene calor” y juegos de palabras (“…me siento muy pero muy bien. En sillas, sillones y hasta en el piso,…”).
Hay guiños para el lector que podrán ser descubiertos con ayuda de la maestra/o, como las referencias literarias a Julio Cortázar o a la obra de García Lorca. Otros, aluden a personajes de la tevé (Batman) o a ídolos populares como Maradona o Gardel.
El lenguaje es coloquial y se incorporan términos propios del habla informal (piola, canchero).

http://www.loqueleo.com/ar/libro/el-sapo-mas-lindo

ÍNDICE:
El sapo más lindo. … 9
Mamarrachos por carta. …17
Viaje al planeta Palanganón. … 25
Historia de un grano de maíz. … 33
El discurso del Gallo Preferido. … 39
El señor Peruchio tiene calor. … 49
Un indio en el país de los Cabezas Verdes. … 57
La guerra. … 65
Defectos Especiales. ... 71



En 2008, el Correo Argentino presentó durante la Feria del Libro, una obra denominada "De Pequeñeces y Estampillerías", está integrada por cuatro cuentos infantiles:



• Canción del Correo - María Elena Walsh
Gran Hermano - Silvia Schujer
• Cartas a Papá Noel - Luis María Pescetti
Mamarrachos por Carta - Ricardo Mariño


Visto y leído en:

Serie Cuadernos para el aula. NAP LENGUA 4 (Núcleos de Aprendizajes Prioritarios)
Material producido por el Ministerio de Educación.
https://blogedprimaria.blogspot.com/2016/05/nap-lengua.html

Posada Literaria
http://rinconliterarioyalgomas.blogspot.com/2010/10/mamarrachos-por-carta-de-ricardo-marino.html

"De Pequeñeces y Estampillerías"
https://www.filateliaargentina.com.ar/exsite/estampillerias.html
http://my-philately.blogspot.com/2011/04/cover-from-argentina.html



Para las fiestas de Fin de Año el abuelo José pensó en invitar a familiares que hacía mucho que no veía. Para eso puso un aviso en el diario con su dirección y este anuncio:

“¡REENCUENTRO! JOSÉ PÉREZ INVITA A TODOS SUS PARIENTES”.


El 31 de diciembre a la mañana el abuelo se sentó en la vereda a esperar la llegada de los invitados.

Al mediodía llegó el primer grupo de Pérez en un camión. Enseguida aterrizó una avioneta con 5 Pérez de Jujuy.

Después alguien avisó que en la estación acababa de llegar un tren alquilado por los Pérez de Córdoba. Más tarde llegaron 3 Pérez en helicóptero, 14 en bicicleta, 166 en ómnibus, 1 Pérez ladrón en moto perseguido por 2 Pérez policías en un patrullero y 1 Pérez sacerdote a caballo que bautizó a un Perecito recién nacido.

Más tarde se armó una discusión entre los Pérez con “z” y los Peres con “s”. Hubo empujones y corridas, pero todo se olvidó cuando 10 Pérez cocineros sirvieron el gran asado.

Fue una noche maravillosa. Había Pérez cantantes, Pérez equilibristas, niños prodigio Pérez, Pérez magos y muchas atracciones Pérez.

El abuelo se divirtió mucho, aunque no tuvo tiempo para averiguar si todos eran parientes. La abuela, que primero protestó al ver tanta gente, al final se puso contenta.

—El año que viene tenemos que volver a invitar a todos los Pérez —le dijo al abuelo—. Pero también a mis otros parientes: los Rodríguez.



FIN

Del libro Perdido en la selva (Alfaguara)



Ilustraciones: Martín Melogno


Visto y leído en:

“Todos a Bordo” Proyecto Ciencias Sociales
Proyecto “Todos a Bordo” Destinatarios: Alumnos de 1º ciclo: 2º año.
https://www.buenastareas.com/ensayos/Proyecto-Ciencias-Sociales/2742712.html

Página 235| LOS INTERCAMBIOS CONVERSACIONALES EN LAS CLASES DE CIENCIAS Y LA ENSEÑANZA DE VOCABULARIO
https://www.academia.edu/6059335/LOS_INTERCAMBIOS_CONVERSACIONALES_EN_LAS_CLASES_DE_CIENCIAS_Y_LA_ENSE%C3%91ANZA_DE_VOCABULARIO

Cuentos Mayores
http://cuentosmayores.blogspot.com.ar/2010/07/cuento-narrado-el-30-de-junio.html

Martín Melogno - Ilustración
https://melogno.com/2011/02/03/los-perez-festejan/

Revisado y corregido (10/04/2021)
Video: https://www.youtube.com/watch?v=TbonX4KNbzI




Era un joven mensajero del rey, llamado Teobaldo, que para hacer su trabajo cruzaba ríos y montañas y esquivaba toda clase de peligros con mucha valentía. Pero Teobaldo no era una persona de verdad, era un personaje. Más precisamente, era un personaje del primero de los cuentos de un libro que en total tenía cinco.

El libro pertenecía a un chico que todas las noches leía en voz alta el último cuento, llamado “El canto de la princesa”. Aunque tenía un final triste, ese cuento era su preferido.

Al principio a Teobaldo le dio celos que el chico prefiriera ese cuento y no el suyo, pero con el tiempo prestó atención a la princesa y terminó enamorándose de ella.

“El canto de la princesa” empezaba justo cuando la joven princesa Mirna, quien tenía una belleza deslumbrante, era raptada por un malvado hombre de palacio.

El malhechor encerraba a Mirna en la profundidad de una cueva, bajo la vigilancia de un dragón de dos cabezas. El único consuelo de la joven en aquel terrible lugar era cantar.

Cuando por fin los hombres del rey apresaron al raptor, abatieron al dragón y entraron en la cueva. No encontraron a la princesa Mirna sino a un bello pájaro blanco que echó a volar. Desde entonces el tristísimo canto de aquel pájaro se escuchó en todo el reino.

Teobaldo estaba enamorado de Mirna y enojado con el final de esa historia.

Cada nueva oportunidad en que el chico volvía a leer ese cuento, Teobaldo se enamoraba más y más de la princesa y más se entristecía al escuchar el desenlace (el final).

De modo que un día partió hacia el último cuento del libro para intervenir en él e impedir que la chica se convirtiera en pájaro.

Para llegar a “El canto de la princesa” tenía por delante setenta páginas y quién sabe cuántos peligros.

Pasó delante de la página quince y poco después entró en el segundo cuento. Allí encontró a un viejo mago, enojado porque en el circo lo habían reemplazado por un mago más joven.

—Al final de este libro hay un cuento que termina mal —le contó Teobaldo—. Voy para allí a cambiar el final.

—No estoy de acuerdo con los finales tristes —le respondió el mago—. Te acompaño.

Teobaldo y el mago llegaron al tercer cuento, que era de unos animales que se la pasaban charlando. Allí había un león que estaba aburrido de que en su cuento nunca pasara nada y, con alegría, decidió unirse a Teobaldo y al mago.

En la página cuarenta pasaron al cuarto cuento. Allí conocieron un marciano que había perdido su plato volador y no podía regresar a Marte. También el marciano se unió al grupo de Teobaldo.
Llegaron por fin a “El canto de la princesa”.

—¡Hay que encontrar la cueva antes de que la princesa se transforme en pájaro! —dijo Teobaldo.

El marciano, Belisario, que veía a través de las piedras, señaló cuál era la cueva.

En la página siguiente se encontraron con el espantoso dragón. El león saltó sobre él y le mordió una pata. Teobaldo aprovechó para meterse en la cueva.

Cuando el dragón, Rufo, iba a atacar al león con las llamaradas de fuego que salían de su boca, el mago usó su varita para hacer llover: el fuego se apagó.

Teobaldo encontró a la princesa Mirna en la cueva y la sacó de allí. Pero al salir, el dragón se lanzó furioso sobre Teobaldo.

Durante dos páginas el dragón lo persiguió y hasta llegó a chamuscarle el pelo. De repente, al joven se le ocurrió un plan. Fingió estar vencido y dejó que las dos cabezas del dragón lo rodearan dejándolo en el medio. Así, cuando las dos bocas de la bestia lo atacaron, Teobaldo saltó al costado y las dos cabezas se enredaron.

El raptor de la princesa fue apresado enseguida. Teobaldo, rojo de vergüenza, no se animó a hablar con Mirna por cuatro páginas.

Teobaldo y Mirna se casaron en la última página y comenzaron un largo viaje de bodas hacia el primer cuento, de donde el joven mensajero había salido.

Para el dueño del libro hubo cierta confusión al principio pero luego se entusiasmó más que nunca con la lectura porque cada tanto los cuentos cambiaban: el león de un cuento pasaba a otro, el mago del segundo se hacía amigo del marciano del cuarto, los que se habían casado en el quinto, aparecían en el primero.

Él, de todas formas, siguió prefiriendo “El canto de la princesa” que, encima, ahora, hasta tenía final feliz.


FIN

Del libro Perdido en la selva (Alfaguara)


"Este libro reúne nueve cuentos breves, en los que las conductas sorprenden, los personajes no son nada convencionales y las situaciones se enredan. El perro poliedro y su idea de perseguir una idea; el tío Herminio, distraído pero con suerte; el millonario tacaño, tan hábilmente engañado; los viajes espaciales del “Mozart de los taxistas” la otra cara de un cuento muy pero muy conocido… Las historias más ingeniosas y divertidas que te puedas imaginar las vas a encontrar en este nuevo libro de Ricardo Mariño, ¡y no vas a poder parar de reírte! (Texto extraído de la contratapa del libro)

Nueve cuentos breves, componen este nuevo libro de Ricardo Mariño. A través de su lectura, recorreremos situaciones disparatadas, extravagantes, plagadas de personajes sorprendentes y queribles que, sin duda, contribuirán a despertar la imaginación garantizando un buen momento de lectura.
Las imágenes monocromáticas, realizadas por Marcelo Elizalde, nos acercan al mundo del comic y colaboran en mantener el estilo del relato.


Los cuentos:

“Perdido en la Selva” es también el nombre del primero de los cuentos de este libro. Catalino, el cadete de una editorial, ha sido designado para poner a prueba los consejos que el Profesor Winston Trabagliati expone en su libro: “Supervivencia en la Selva”. Catalino ignorando la misión que le ha sido asignada… es arrojado a la Selva Amazónica con un ejemplar del libro en la mano. ¿Podrá salvarse Catalino? ¿Será el libro del Profesor Trabagliati una herramienta eficaz para la supervivencia en la selva?
“El mensajero” Teobaldo, un mensajero del rey en el primer cuento de una antología, se enamora de la princesa Mirna que, se transforma en un ave cantarina en el último cuento del mismo libro. Por tal razón, y para evitar la transformación, Teobaldo, decide ir a rescatarla atravesando todos los cuentos que los separan. A medida que Teobaldo pasa por los cuentos, va conociendo a sus protagonistas y los cuentos se van modificando.
• "Poliedro y la Idea” El perro Poliedro se da cuenta de que se le escapó una idea y cuando sale a buscarla… encuentra su destino y su vida.
•“El perro del millonario” Presionado por su familia, el millonario Otto Porín, se ve obligado a comprar un afgano. Un par de ladronzuelos, utilizando divertidos embustes, consiguen quitarle al cachorro y algo de su dinero.
• “Un tío en extinción”
Se trata de Herminio Mariño, que buscando trabajo, consiguió que lo empelaran en un Centro de Animales en Extinción. Luego de leer sus vivencias del primer día de trabajo, cuesta imaginar que el Centro continúe existiendo.
“Los Pérez festejan”
¿Se imaginan lo que puede suceder si para festejar el Fin de Año en familia, el abuelo Pérez publica la invitación en el diario? Montones de Pérez acuden a lo que se transformó en una multitudinaria e inolvidable fiesta…
• “La Gigante”
¿Cuántas veces escuchaste o leíste la historia de Blanca Nieves? Muchas… verdad? Pero seguramente nunca te la contaron tal y como la vivieron los siete enanitos. Este es el momento de conocerla.
• “Un artista del Taxi”
Este cuento, dedicado a Oche Califa por Ricardo Mariño, es indiscutiblemente porteño. El protagonista, un taxista, mejor dicho un “Tachero” tiene un don muy particular por tal razón, solo se encarga de… “Viajes especiales”.
“El Clon” Se trata del último cuento de este libro. Martins, un astronauta aislado en una estación espacial desde hace dos años, ocupa su tiempo realizando experimentos biológicos. Con paciencia, esfuerzo, dedicación y sabiduría ha logrado crear un clon de sí mismo. Sus jefes en la Tierra, han decidido premiarlo con unas merecidas vacaciones. Pero cuando van a buscarlo, sucede lo inesperado.

Un libro que, sin duda hará las delicias de los lectores a partir de los 10 años.


Reseña: Mirta Rodríguez
http://www.7calderosmagicos.com.ar/Reseas/rperdidoenlaselva.htm


Visto y leído en:

Cuadernillo Prácticas del Lenguaje 4 grado 2018
http://www.losrobles.esc.edu.ar/sede_bsas/panel/utiles/14_49_46Cuadernillo%20Pr%C3%A1cticas%20del%20Lenguaje%204%20grado%202018.pdf

Texto: El mensajero Autor: Ricardo Mariño Fuente: cuento tomado de la antología Relatos de amor y amistad, Editorial Santillana Prof. Marcela Spezzapria
https://es.slideshare.net/Marcela2010/ricardo-mario-el-mensajero


Cuento» Huérfano


Vi a mi amor cuando subía con la olla en la mano. Al llegar al extremo de la escalera apoyó el recipiente en el techo del baño, pasó ella misma al techo y lentamente fue vertiendo el agua dentro del tanque. El primer chorro hizo ruido como de bolitas de acero que golpeaban contra el fondo metálico. Dejó la olla a un lado y se irguió, tomándose la cintura y mirando hacia arriba, donde el sol se ocultaba dando un tinte cobrizo a las copas de los árboles y trazando finas rayas rojas en los techos de zinc. Bandadas de patos surcaban el cielo, sus graznidos eran el silbido de un viento imperceptible y yo estaba henchido de amor, tronando, exigiendo ayuda al dios del cual me animaba a descreer mi abuelo.

—Te vas a bailar, Teresa —le dije desde nuestro patio, casi gritando.

—Qué hacés, Mario —saludó—. Sí, a ese lugar nuevo —se tiró atrás el pelo y en el mismo gesto volvió su mirada a nuestro patio. Dijo que calentaría otra olla y emprendió el descenso.

—¿Qué? ¿Un lugar nuevo? —me preguntó el viejo alcanzándome el mate—. ¿Cómo se llama? —y cuando se lo devolví me retuvo la mano para insistir—: ¿Qué hace esta chica? ¿Cómo se llama ese lugar?

—En el frigorífico —le contesté—, trabaja en el frigorífico.

—¿Con vos?

—No, abuelo, ¿qué, va a andar en los camiones?

Cuando volvió a subir se quejó del peso de la olla. Era ahora una figura totalmente oscura recortada sobre el cielo rojo. La brisa que empezaba a levantarse adhería el vestido a sus piernas.

—Decime, Teresa, ¿fumás vos? —le preguntó el viejo, asomando la cabeza por sobre la sombra de corredor, sin llegar a verla.

—¿Qué tal, abuelo?

—Bien, querida. Si fumás te pregunto.

—Ah, sí —sonrió—. Bah, a veces—. Al terminar de descargar el agua dijo que si no se apuraba terminaría bañándose con agua fría.

—Fuma —dijo el viejo, como si le costara creerlo—. ¿Cuántos años tiene?

—Dieciocho.

—Te lleva cinco. ¿Vos también vas a ir a ese lugar?

Me levanté y llevé la pava y el mate a la cocina. Seguí de largo hasta la pieza y me acodé en el marco de la ventana. El callejón que se veía desde allí estaba en sombras y a cincuenta metros, donde se abría una calle, una vaca permanecía petrificada junto a la zanja. Se escuchó una radio. Imaginé la acrobacia del viejo para encenderla desde el sillón de ruedas. El locutor describía la quietud del agua en el Tigre y hablaba de las lanchas Paglietini: una chica sentada en el techo de la lancha con expresión ausente y el pelo dorado batiéndose suavemente. El macho de la chica, yo, pero rubio, con los codos apoyados en una baranda, mirando la figura de la chica reflejada en el agua.

—¡Mario! —tose, ríe y grita el viejo—. ¡Con algún ricachón debe andar!

La chica del cumpleaños había arreglado la pieza que daba a la calle con fotos de artistas y papeles sobre las lámparas que proyectaban sombras de colores. En un rincón había una mesita con tortas y bebidas, confiada al cuidado de los tres hermanitos. Si alguien quería comer algo debía pasar por la aprobación de los tres, que a cierta altura de la fiesta insultaban a quien se acercaba por miedo a que estuviera consumiendo más de la cuenta. En el patio estaba el padre de la chica despatarrado en un sillón de caña en compañía de una botella vacía.

Bailando sometí toda la noche a una misma chica, fea y escasamente interesada en mi persona, a la batería de preguntas cuyas posibilidades de respuesta tenía puntualmente estudiadas. El interrogatorio incluía, claro, su ocupación y si tenía novio. Dijo que era bordadora, que tenía diecisiete años y que en cuanto a novio tenía algo así como una mitad. Si esa mitad no venía a buscarla en una hora me informó que ella se arreglaría con el que tuviera más cerca. El medio novio era jugador del equipo de fútbol más importante de la ciudad y en mi vida, por esa misma razón, ocupaba un puesto destacado. Tuve miedo de que el tipo entrara y, enojado o para lucirse ante los demás, me agarrara a trompadas.

—¿La conocés a Teresa? —pregunté.

—¿La que trabaja en el frigorífico? Sí, ¿por?

—No, por nada. Para ver si la conocías.

—¿Anda con vos? No puede ser, ¿anda con vos? ¿Cuántos años tenés? —preguntó, por primera vez interesada en algo que guardara relación con mi persona y a la vez dejando entrever que esa posibilidad le parecía absurda.

—Dieciséis. ¿De qué te reís? —tuve que preguntar en seguida.

—De nada, ¿no me puedo reír? —pero un momento después lo dijo—. Catorce tenés, o trece. De Teresa me río, ¿no es ella la que...? —y completó la idea con un gesto que parodiaba una enorme panza. Sólo después de unos minutos pude recuperarme y centrar mi atención en que a la chica no le resultaba claro el autor del embarazo, por lo cual me estaba agregando a su lista mental de sospechosos. Recibí el equívoco con indisimulado orgullo. Esperé un tiempo prudencial y, como no dando importancia, dije:

—A esta hora me gusta caminar. Te parecerá una pavada. Caminar, mirar la luna... soy muy bohemio yo.

—¿Vos sos huérfano, no? —dijo. Pensaba que sólo a un huérfano se le podía ocurrir caminar y mirar la luna a esa hora. Salimos. Por un momento pensé que las cosas estarían realmente perfectas si nos viera Teresa. Pero era la primera vez que una mujer hacía dos pasos en mi compañía y después de diez metros no pude dejar de pensar en cómo sería besar. Solamente una vez lo había hecho, mientras bailaba, con una chica que era garantía de no saberlo tampoco. Pensé en todas las maneras de acomodar la lengua.

Tal como le había asegurado la luna estaba ahí arriba. Nos llegaba además la música lejana del baile de un club y los bramidos de los camiones que pasaban cada tanto por la avenida. Ella admiraba que yo reconociera las marcas de los camiones por el ruido que hacían. Yo era, decididamente, feliz.

Los huérfanos —dijo, luego de un largo silencio— leen mucho. Bah, me parece a mí.

Yo también creía que todos los huérfanos leían mucho o, al revés, que todos los que leían mucho lo hacían debido a algún tipo de orfandad. Según ese razonamiento yo era huérfano en las dos variantes y en cuanto a la segunda leía los diarios socialistas que le traían al viejo y desde hacía más de un año, Resurrección, de Tolstoi.

—¿Te gustaría estar al lado de un río? —extraje del libreto.

—¡Sí! —gritó entusiasmada. A juzgar por la exclamación había soñado toda su vida con estar en un lugar así con un ayudante de camionero, hablando sobre la orfandad. Naturalmente, no hubo ningún plan de ir a nada que se pareciera a un río y el tema de los huérfanos no fue retomado. En cambio, inesperadamente le dije, con una de mis frases memorizadas, que la quería. Tal vez usé la expresión “enamorado” y seguro que mi voz tembló. Los dos nos sorprendimos. Ella rió más de lo que eran capaces de tolerar mis nervios. Se detuvo, se cubrió la cara, casi lloraba de la risa. Finalmente dijo “yo no”, y decir eso reavivó sus carcajadas cuando ya parecían apagarse. Traté de salir del paso diciéndole que en realidad yo tampoco, pero de inmediato me entristecí. Y es que ahora ella me parecía bellísima y distante. Pensé que de todas maneras, aunque me diese bolilla en ese momento, al día siguiente cuando se enterara de mi verdadera edad me odiaría para siempre. ¿Y si nos convertíamos en novios y un día nos casábamos? Cuando ella tuviera cuarenta yo tendría treinta y cinco. Era mucha diferencia. Lo mismo con Teresa. Un día estaría yo sentado a la mesa y de pronto la miraría a ella, cualquiera de las dos, y el enemigo que llevo adentro me preguntaría: ¿esa vieja es tu mujer?

—A las dos menos cuarto pasa un tren carguero —le informé cuando llegamos al paso a nivel.

Lo esperamos tirando piedras a un charco, mientras le contaba las hazañas de mi abuelo. El viejo acostumbraba a pedir a algún vecino que hiciera el favor de llevarle un paquete a otro viejo que arreglaba zapatos al otro lado de la ciudad. Adentro del paquete iba una enorme piedra o un atado de ladrillos. A los pocos días el otro viejo le devolvía la misma piedra con un nuevo comedido. Y así eternamente.

Finalmente llegó el tren: como sobrecogidos por el estruendo nos abrazamos. El convoy ya estaría a diez kilómetros y yo ya había despejado mis dudas sobre cómo se usaba la lengua al besar, cuando ella dijo:

—Si me viera mi novio...

¿Seguía siéndolo? Le recordé que no había pasado a buscarla en el plazo fijado. Sonrió y señaló a dos perros que treinta metros más allá se disputaban un enorme hueso. La luna caía sobre sus lomos lustrosos con algo de líquido, de llovizna. Traté de pensar en que nos parecíamos a esos perros o, en todo caso, por qué a mí me parecía que había algo que nos emparentaba con esos perros.

Regresamos. A cada paso ella parecía más feliz y yo más triste. Pero luego me repuse, porque mientras ella saltaba en un solo pie sobre una serie de baldosas puestas en la vereda para evitar el barro, pensé: traicionó a su novio conmigo. ¡Conmigo!

Poco después, una cuadra antes de su casa, nos separamos. No quería llegar acompañada.

Metí las manos en los bolsillos y caminé muy lentamente hacia mi casa. Pensaba en esa calle de tierra volátil, en la música que llegaba desde un club donde se hacía un baile. En ese momento pasó el loco que se creía corredor de bicicleta. Todas las madrugadas salía a entrenarse en una bicicleta de reparto con manubrio de carrera. Le tiré un piedrazo que dio en los rayos de la rueda trasera. Me miró aterrorizado y yo a él. Salí corriendo y recién a las dos cuadras caminé más tranquilo. La madrugada, las sábanas flameando en los patios, el canto de un gallo, el olor de la levadura de una panadería. Era extraño que ningún cambio importante se hubiera operado en mi persona después de haber besado a una chica de diecisiete años.

—Buenos días, distraído.

Era Teresa. Estaba adentro de una camioneta, me pareció que con un tipo medio viejo. Saludé vacilante, sin resolverme a seguir como venía –pateando una piedra y relatando la jugada– o a detenerme y mirar quién era el tipo. Traté de aparentar firmeza. Aún dentro del patio de mi casa continué así. No fui a mi pieza. Me aposté en el tapial para mirar al patio vecino. Diez minutos después se encendió la luz en la habitación de Teresa y entró ella. Tiró los zapatos a un rincón, se besó la mano, la llevó al vientre y dio una especie vuelta de vals, y otra, y otra, y otra, y se dejó caer en la cama. El huérfano se quedó allí y apeló al recurso de pensar que algún día se iría de esa casa y esa ciudad. Casi pudo ver todo aquello como si ya fuera un recuerdo.


FIN

En Cuentos Argentinos. Antología para gente joven,
Alfaguara, Buenos Aires, 1998.



Sinopsis: A cada uno de los autores aquí reunidos - exponentes indiscutibles de la mejor literatura argentina para niños y adultos - se le pidió un cuento que, por su temática o su tratamiento, estuviera dirigido a lectores jóvenes. El resultado es esta antología, integrada por quince relatos - en su mayoría inéditos - que abarcan todos los registros y enfoques de un género fascinante.
Del humor al terror, del realismo intimista a lo fantástico, estos cuentos escritos por argentinas y argentinos de hoy proponen el camino de la imaginación, el juego y la aventura. La meta de ese trayecto no es otra que descubrir o reafirmar el incomparable placer de la lectura.

Índice de contenidos de este libro

Prólogo……… Pág.7

Flores, Jorge Accame……… Pág.11
Una mujer alada, Adela Basch……… Pág.17
En puntas de pies, Elsa Bomemann……… Pág.23
Los tres apuntes de Tim, Oche Califa……… Pág.31
Una de terror, Pablo De Santis……… Pág.39
Mar de fondo, Laura Devetach……… Pág.47
Lo mejor que se tiene, Griselda Gambaro……… Pág.53
Las luces del puerto de Waalwijk vistas desde el otro lado del mar, Angélica Gorodischer……… Pág.65
Huérfano, Ricardo Mariño……… Pág.71
Huevo, Graciela Montes……… Pág.81
El diosito, Gustavo Roldán……… Pág.87
Marilin se ramifica, Silvia Schujer……… Pág.93
Princesa, mago, dragón y caballero, Ana María Shua……… Pág.99
Novios de madre, María Elena Walsh……… Pág.119
Ciencias naturales, Ema Wolf……… Pág.139
Noticia sobre autoras y autores……… Pág.151


Visto y leído en:

Eterna Cadencia
http://eternacadencia.com.ar/blog/ficcion/item/huerfano.html



Un hombre que vivía en Buenos Aires soñó que en un lugar de la selva un león estaba a punto de comerse a un niño.

En el sueño, el león tenía abiertas sus fauces y a su lado el chico estaba paralizado de miedo. Cuando el león abrió aún más su boca y estaba a punto de tragarse al chico, el hombre se despertó.


Todavía asustado por la pesadilla, el hombre saltó de la cama y caminó hasta la ventana de su cuarto. Estiró los brazos, abrió la boca casi como el león de su sueño, y bostezó largamente.




Un ciclista que justo pasaba por allí vio la boca abierta y los brazos estirados del hombre y él mismo bostezó, frenando su bicicleta para dejar paso a un colectivo.

El chofer de la línea 39 miró al ciclista y quedó contagiado de su bostezo.

El pasajero que iba en el último asiento vio por el espejo cómo bostezaba el conductor y bostezó él, sacando la cabeza por la ventanilla.

La viejita que estaba parada en la vereda, esperando que pasara el coche que llevaba al presidente argentino y al de Senegal, bostezó contagiada por el hombre del colectivo.

Al pasar saludando, el presidente argentino miró a la viejita y bostezó. De inmediato le pidió disculpas a su colega de Senegal, sentado a su lado, quien también bostezó.

La imagen de los dos presidentes bostezando pudo verse en el televisor de un hotel de la República de Senegal. Del grupo de turistas japoneses que salían del hotel senegalés, el último alcanzó a ver la pantalla del televisor de la recepción, donde estaban dando el noticiero, con las dos bocazas de los presidentes bostezando. El turista japonés bostezó antes de subir al ómnibus turístico y contagió a un guardaparques que pasó por ese mismo lugar a toda velocidad en su jeep.

Al bostezar, el guarparques contagió al jefe de los zulúes, que estaba escondido entre las palmeras que bordeaban el camino, esperando la oportunidad para atacar la ciudad.

Uno a uno fueron bostezando los quinientos guerreros zulúes y el último de ellos contagió a un gran pájaro verde y rojo que pasó volando sobre su cabeza.


El gran pájaro verde y rojo se posó sobre la rama de un árbol y abrió su enorme pico, demostrando así que los pájaros también bostezan. Pero debajo del árbol había un león a punto de comerse a un chico.


Al ver bostezar al pájaro, el león abrió aún más grande su boca, sin poder evitar el bostezo, que vino acompañado de un rugido tan grande que asustó a toda la selva.

El chico aprovechó el interminable bostezo del león para escapar.


El bostezo siguió contagiando, en dirección sudoeste. Pasó por miles de personas, subió a un barco, desembarcó en Bahía Blanca, los camioneros lo trajeron a Buenos Aires...

Hay un solo bostezo, el único.

Hay un solo bostezo, siempre el mismo, que va de un lado a otro y ahora viene hacia aquí... ahhhhh...



FIN


“La boca del león” en Botella al mar
© Ricardo Mariño, 1999
© Ediciones Santillana S.A, 2014
Ilustraciones: © Nadia Mastromauro
¿Quién apaga las estrellas? - ECuNHi / Ministerio de Educación


Con el objetivo de afianzar la escritura como herramienta para crear nuevos universos ficcionales el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi) y el Ministerio de Educación llevaron adelante estos Concursos Nacionales de Cuentos, dirigidos a chicos de 8 a 13 años.

Contenido:
PALABRAS INTRODUCTORIAS
HOMENAJE A GUSTAVO ROLDÁN
EL OJO DEL TIGRE - Gustavo Roldán
EL HOMBRECITO VERDE Y SU PÁJARO - Laura Devetach
LOS DUELISTAS - Ema Wolf
LA BOCA DEL LEÓN - Ricardo Mariño
CUENTOS PREMIADOS


Visto y leído en:

loqueleo Santillana
Botella al mar / Ricardo Jesús Mariño; ilustrado por Marcelo Elizalde. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Santillana, 2015. 64 p.: il.; 20 x 14 cm. - (Serie Morada)
http://www.loqueleo.com/ar/libro/botella-al-mar

EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2016/03/quien-apaga-las-estrellas-ecunhi.html



Cinthia Scoch era una chica de diez años a la que le gustaban cosas como comer mandarinas mientras paseaba. Un día salió a caminar por un sendero desconocido y en cierto momento vio que a un costado del camino había una planta de mandarinas. Arrancó una y la fue pelando mientras seguía su paseo, sin advertir que se trataba de una mandarina ridícula.

Las mandarinas ridículas tienen la inscripción “MR” grabada en cada una de las semillas, pero en general las personas no advierten ese tipo de detalles. Algunas sí lo hacen, pero es común que crean que la sigla “MR” es por “Marca Registrada”, como aparece en muchos artículos.

Como se ha dicho, a Cinthia Scoch le gustaba comer mandarinas mientras paseaba, y aquel día salió a caminar por un sendero desconocido cuando de pronto vio que a orillas del camino había una planta de mandarinas. Muchos lectores recordarán que la fue pelando mientras seguía, sin advertir que se trataba de una mandarina ridícula. ¡Cómo no lo van a recordar si está escrito apenas unas líneas más arriba!

Al saborear el primer gajo Cinthia Scoch pensó que era la mandarina más dulce que había probado en su vida, pero al segundo cayó en la cuenta de que algo raro estaba ocurriendo: ¡se había quedado pelada! ¿Qué había sido de sus hermosos cabellos verdes y amarillos, duros como alambre?


Aún no había encontrado una respuesta a esa pregunta cuando escuchó hablar a la mandarina:

—Por comerte mi gajo te quedaste sin cabello. Por lo tanto, tendrás una idea descabellada: comerte otro.

Dicho y hecho: Cinthia Scoch sintió irresistibles deseos de probar otro gajo de mandarina. Ni bien lo hizo le crecieron ramas en la cabeza, altísimas ramas que enseguida se llenaron de hojas verdes y pájaros que cantaban.


Cinthia trató de mirar hacia arriba pero solo alcanzó a ver las puntas de algunas ramas. La mandarina, que continuaba en su mano derecha, le dijo:

—Por comerte mi segundo gajo, tu cabeza se convirtió en una copa de árbol.
Como ahora tenés pajaritos en la cabeza, no podrás resistir la tentación de comer otro.

Dicho y hecho. Cinthia tuvo ganas de comerse otro gajo y se lo comió nomás, y ni bien lo hizo su cabeza quedó convertida en un reloj despertador desarmado.

“Qué desgracia”, se dijo Cinthia, “ahora soy un reloj despertador y, encima, desarmado”. Lo pensó un instante y decidió que lo mejor sería tratar de armarse.

Trabajó un rato y ya faltaba poco para terminar, solamente ajustar el último tornillo, cuando escuchó que la mandarina le decía:

—Por comerte mi tercer gajo te convertiste en reloj despertador desarmado. ¡Y tuviste el descaro de armarte! Pero, como te falta un tornillo, no tendrás mejor idea que comerte otro gajo.

Dicho y hecho. Cinthia Scoch, convertida en reloj despertador, abrió grande la campanilla y tragó entero un nuevo gajo. Al hacerlo, quedó convertida en una cebra.

—Por comerte mi cuarto gajo te convertiste en cebra —le dijo la mandarina, más ofendida cada vez—. Como ahora sos rayada, se te va a ocurrir comer otro…

Afortunadamente pasó por allí un campesino.


El campesino se detuvo a mirar a la cebra porque nunca había visto una. Pensó que algún gracioso le había pintado rayas a un caballo. Solo que, mientras hacía estas deducciones, distraídamente, alzó lo que quedaba de la mandarina y comió un gajo. No sabía en la que estaba metiéndose.

Ni bien el campesino comió un gajo, quedó convertido en un ganso y en cambio Cinthia Scoch volvió a ser ella misma, con sus hermosos cabellos verdes y amarillos, duros como alambres.

Entonces la mandarina le dijo al campesino:

—Por comerte mi quinto gajo te convertiste en ganso. En tu nuevo estado harás una gansada: comerte otro.

Cinthia Scoch se sentó sobre una piedra a mirar, porque le resultaba muy divertido eso que estaba viendo.

El campesino se transformó en florero, enseguida en velador, luego en viento que viene del Sur, seguidamente en lluvia de abril, después en enano de cemento…

Por suerte, como todos los lectores saben, las mandarinas –aun las ridículas– no tienen más de diez o doce gajos. De modo que, cuando el campesino terminó de comérsela, volvió a ser el mismo campesino que era antes de que se le ocurriera la ridícula idea de alzar esa mandarina.

Cinthia Scoch continuó su paseo mientras pensaba en lo terrible que resultaría comer uvas ridículas, un enorme racimo de uvas ridículas. ¿Y una gran sandía ridícula? ¡Dios!




FIN


Cuentos ridículos
Ricardo Mariño
Ilustraciones de Pablo Zerda

© 1987, Ricardo Mariño
© 2010, 2014, Ediciones Santillana S.A.


Reseña
Si les parece ridículo un piojo viajando al espacio en una tapa de gaseosa o que a una chica, llamada Cinthia Scoch, le salgan ramas en la cabeza cuando come una mandarina, ni se imaginan a los otros personajes que protagonizan estos cuentos bien titulados "ridículos". ¿De qué otra manera se puede llamar a tanto disparate?

ÍNDICE
Cinthia Scoch y la mandarina ridícula... Pág. 9
Los más famosos inventores de inventos ridículos… Pág. 17
La isla de los narigones… Pág. 23
Un pueblito aburrido… Pág. 33
El Hormigón Armando... Pág. 41
El rebelde... Pág. 51
Archibaldo Postman… Pág. 57
La misión Apalo 1… Pág. 63
Biografía del autor… Pág. 75


Visto y leído en:
LO QUE LEO SANTILLANA
http://es.slideshare.net/andreavallejos1982/cuentos-ridculos-ricardo-mario



La muerta de peor carácter de todo el cementerio era Ana Maidana de Quintana. En vida, Ana había sido maestra y directora de escuela. Al cementerio había llegado hacía sólo un mes y los problemas con ella comenzaron ese mismo día.


Tras un breve paseo entre las tumbas, Ana tuvo una reacción inesperada: se puso a gritar enojada .Su enojo se debía a una leyenda que vio en una placa de bronce:

¡José, te fuistes, pero sigues vivo en nuestros corasones!

—“¿Fuistes? ” —pronunció Ana, exagerando la ese—. “¿Corasssones?”

Siguió caminando y pocos metros más allá otra leyenda llamó su atención:

Cristina: te recuerdan tu esposo, higos y nietos.

—¿Higos? ¿Los higos recuerdan a Cristina? —dijo Ana llena de bronca—. ¿Qué higuera da higos con sentimientos?

Enseguida la espantó el texto de otra lápida:

¡Querida esposa: nos reuniremos en el más hallá y ceremos felices como acá!


Pero lo que terminó de ponerla frenética fue su propia tumba en la que habían varias placas de bronce. En una de ellas, decía:

En memoria de Ana de Quintana, maestra egemplar, que nos encenió todo lo que savemos. Sus ex alunos que tanto la lioran.

—¡Ahhhhh! —fue el interminable grito de Ana, que le erizó la piel y le puso los pelos de punta a los muerto y vivos de diez kilómetros a la redonda.

Eran las siete de la mañana. En ese momento el encargado del cementerio, el señor Héctor Funes, tomaba mates con el sepulturero, señor Héctor Pozos, y el vendedor de flores, señor Héctor Clavel. Eran los únicos seres humanos vivos presentes en el cementerio y, aunque no podían escuchar el grito de un muerto, si experimentaron un profundo escalofrío. El fuego del calentadorcito se apagó, los pájaros huyeron de los árboles y un silencio de sepulcro cubrió la escena.

—Un muerto ha entrado en cólera —anunció sombrío Héctor Funes, que después de treinta años de ejercer como encargado del cementerio sabía todo los que se puede saber sobre los muertos.

Héctor Pozos se puso pálido como una lápida de mármol y su vista quedó fijada en la ahora inexistente llama del calentadorcito.

Héctor Clavel saltó a su bicicleta y no dejo de pedalear hasta llegar a su casa.

Mucho se habló ese día sobre la desagradable sensación experimentada por todos en la ciudad, pero mucho más se dijo en los días siguientes, cuando comenzaron a registrarse extraños sucesos:

Un quinto grado completo fue perseguido por un libro de gramática que trataba de morderle la cabeza a los pequeños.

A una chica le apareció escrito en la panza la leyenda “las palabras terminadas en aba se escriben con b”.

Un carnicero que acababa de escribir un cartel anunciando “Azado especial”, fue atacado por una tira de chorizos que envolvió su cuello como una boa constrictora y trató de asfixiarlo.


Un señor en cuya casa había un cartel que decía “Electrisidad”, fue perseguido dos cuadras por una plancha voladora que trató de quemarle las nalgas.

La ciudad bajo los efectos del pánico. Nadie entendía a qué se debían los ataques paranormales.

Los únicos que tenían un plan para intentar remediar aquello eran los héctores.

Héctor Funes, Héctor Pozos y Héctor Clavel estaban preocupados porque ya casi nadie visitaba el cementerio.


Los pocos que lo hacían, pasaban rápido por la tumba de su pariente y no compraban flores ni dejaban propinas. Hubo fallecidos que fueron enterrados en cementerios de localidades ubicadas a 50 o 100 kilómetros de allí. El cementerio de los héctores se desbarrancaba económica y moralmente.

Un día los héctores compraron pinceles, pinturas y una edición usada de “Dudas y errores frecuentes del idioma castellano”, un pequeño manual. Durante una jornada completa se dedicaron a corregir los errores de las lápidas y una noches, sin que nadie los viera, acarrearon baldes y una escalera por toda la ciudad hasta corregir todos los carteles con errores.

Al principio la gente observó con extrañeza las correcciones en los carteles, pero reaccionó con más temor cuando una maestra jubilada, dijo:

—¡Es el fantasma de Ana Maidana de Quintana! Sólo ella podría hacer algo así.

Los tres héctores se juramentaron no contar nunca la verdad.

Ana volvió a la tumba y se quedó tranquila. Con el tiempo la gente olvidó los ataques fantasmales y volvió a visitar normalmente el cementerio.

Pero para los héctores las cosas ya no volvieron a ser como antes: como contagiados por una maldición (¿la maldición de Ana Maidana de Quintana?), cada vez que veían un error no podían dejar de correr a corregirlo.



FIN


“Los Héctores” de Ricardo Mariño
En El colectivo fantasma y otros cuentos del cementerio.
Editorial Atlántida. © Ricardo Mariño



No son historias de terror, pero sus protagonistas están muertos.
No son historias de miedo, pero transcurren en un cementerio.
En fin, hay fantasmas, sepulcros, epitafios, tubas, aullidos, pero es un libro casi de humor.

Los cuentos que componen este libro son:

El colectivo fantasma,
El chat de los muertos,
El fantasma del Rey,
Los Héctores,
Returning.




Visto y leído en:



Colección: Programa de abuelos y abuelas leecuentos
Selección de cuentos para chicos de 11 a 14 años
Ilustraciones: Jimena Tello
Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología.
República Argentina, 2006

Contenido del libro:
Anselmo mío - Ema Wolf
Los héctores - Ricardo Mariño
Manos - Elsa Bornemann
De los Apeninos a los Andes - Marcelo Birmajer
La lección - Mempo Giardinelli


Fuente consultada:

EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
https://edaicvarela.blogspot.com/2013/01/ricardo-marino.html




El lobo apareció cuando Cinthia Scoch ya había atravesado más de la mitad del Parque Lezama.

—¡Hola! ¡Pero qué linda niña! Seguro que vas a visitar a tu abuelita —la saludó.

—Sí, voy a visitarla y a llevarle esta torta porque está enferma.

—¿Y si la torta está enferma para qué se la llevas? ¿Tu idea es matarla?

—No, la que está enferma es mi abuela. La torta está bien.

—Ah, entiendo. Entonces puedo dejarme la torta como postre.

—¿Cómo?

—Que me gustaría acompañarte para que no te ocurra nada malo en el camino. Por acá anda mucho elemento peligroso. ¿Cuál es tu nombre?

—Cinthia Scoch.

—Lindo nombre.

—¿Usted cómo se llama?

—Jamás me llamo. Siempre son otros los que me llaman. ¿Vamos?

A poco de caminar, Cinthia y el lobo encontraron a una chica y a un chico que estaban sentados sobre un tronco, llorando.

—Pobres... —se apenó Cinthia—. ¿Qué les ocurrirá?

—Bah, no te detengas —murmuró el lobo—. Ya te dije: este lugar está lleno de pordioseros y granujas. Deben ser ladrones, carteristas, drogadictos, mendigos.

Pese a la advertencia, Cinthia se acercó a los niños.

—Estamos extraviados —le explicaron—. Nuestro padre nos abandonó porque se quedó sin trabajo y no tenía para alimentarnos.

—Lo siento —dijo Cinthia.

—¿Para qué? —preguntó el lobo, impaciente-. ¡Si ya está sentado! Mejor vamos a lo de tu abuelita.

—¿Cómo se lla... perdón, cuáles son sus nombres, chicos? —preguntó Cinthia.

—Yo, Hansel —respondió el chico, mirando con simpatía a Cinthia.

—Y yo, Gretel —balbuceó la nena, secándose las lágrimas con la manga del pulóver y mirando desconfiada al lobo.

—Bueno, vengan con nosotros. Vamos a lo de mi abuela y allá, mientras nos comemos esta torta, podemos pensar en alguna solución —propuso Cinthia.

Los cuatro siguieron camino. El lobo iba malhumorado porque se le estaba complicando el plan de comerse a Cinthia. De la rabia, no dejaba de patear cuanta piedrita había en el sendero.

Poco después se toparon con un grupo de siete niños o, para ser más preciso, seis y medio, ya que uno era una verdadera miniatura. Venían marchando en fila con el chiquitín adelante, y al encontrarse con los otros se detuvieron, confundidos.

—¿Perdieron algo? —los interrogó Cinthia.

—Es que... veníamos siguiendo unas piedritas que yo había dejado caer en el camino de ida para orientarnos al volver. Era la única forma que teníamos de encontrar el camino de regreso a nuestra casa...

—No entiendo —dijo Cinthia.

—Nuestros padres nos abandonaron porque no tienen trabajo —empezó a explicar el pequeñito.

—¡No lo había dicho, yo! ¡Este lugar está infestado de pordioseros, huérfanos y delincuentes! —lo interrumpió el lobo, tirando del brazo de Cinthia. Pero ella se resistió.

—¡Un momento! ¡Debemos prestar atención a este niñito!

—¡No hay que prestar nada! ¡Después no te lo devuelven!

—El problema es que en esta parte del camino las piedras han desaparecido —terminó de explicar el niñito.

Cinthia miró furiosa al lobo y éste se hizo el desentendido.

—Vengan con nosotros a lo de mi abuela. ¡Llevo una torta!

—Muchas gracias —dijo el chiquitín, emocionado, y muy respetuosamente se presentó:

-Me llaman Pulgarcito, y éstos son mis hermanos.

Continuaron camino.

El lobo estaba cada vez más impaciente porque al ser tantos, se complicaba el plan de comerse a Cinthia. Aunque enseguida, pensándolo mejor, se le ocurrió algo:

—Querida Cinthia —dijo el lobo—, como ya encontraste amiguitos que te pueden acompañar, puedo regresar a mis quehaceres. Hasta pronto y que les vaya bien a todos.

—Adiós, señor. Gracias por su compañía. Poco después el grupo llegó a la casa de la abuela. Cinthia golpeó la puerta y esperó. Pero en lugar de permitirle pasar con todos sus amigos, la abuela le dijo:

—Ay, querida, justo hoy que estoy enferma me visitas con todos tus amiguitos. ¡No quiero contagiarlos!

—Está bien, abuela —respondió Cinthia, desilusionada. Les pidió a los chicos que la esperaran afuera, y le dio la torta a Hansel para que la tuviera.

Una vez que pasó al interior de la casa, la abuela cerró la puerta y la miró de una manera extraña.

Cinthia notó algo raro.

—¡Qué orejas tan grandes, abuela!

—Para escuchar mejor lo que dicen los vecinos, querida.

—¡Y qué peludas tus manos!

—Para ahorrar en guantes...

—¡Y qué boca tan grande!

—¡Estaba esperando que dijeras eso! —exclamó el lobo, desfigurado de bestialidad—. Tengo esta boca tan grande... ¡para comerrrr...! —había empezado a decir la abuela, cuando se escucharon tres enérgicos golpes en la puerta.

Cinthia abrió. Era una loba.

—Vengo a buscar a mi marido.

—Acá no hay ningún lobo —le explicó Cinthia.

—No estoy para bromas, nena. Puedo oler a ese inútil a trescientos metros. ¡Oh! Ahí está. ¿Qué hace disfrazado de anciana humana? ¿De dónde sacó esa ropa?

—¡Sólo estaba haciéndole una broma a esta simpática criatura! —dijo el lobo.

—¿Broma? ¡Cómo para bromas estoy yo! —dijo la loba—. Acabo de encontrar a dos cachorros humanos en el parque. Sus padres los han abandonado. Se llaman Rómulo y Remo y pienso amamantarlos yo misma. Es necesario que vengas conmigo y me ayudes a armarles un lugar donde puedan dormir —dijo, o más bien ordenó, la loba.

Cuando el lobo se marchó, Cinthia, que no había entendido nada de lo ocurrido, encontró a su verdadera abuela amordazada en el baño. Sólo cuando la anciana se calmó, pudieron entrar los demás chicos y entre todos comieron la torta.

Los chicos vivieron unos días con la abuela de Cinthia y luego pudieron regresar con sus padres.

Hansel y Gretel, como todo el mundo sabe, lograron encontrar el camino que conducía a la casa de sus padres, aunque antes debieron vencer a una bruja que los tuvo prisioneros varios días.

Pulgarcito y sus hermanos también pasaron ciertas peripecias para regresar con su familia, pero finalmente lo consiguieron gracias al ingenio del diminuto, que hasta llegó a casarse con una princesa.

En cuanto al lobo, se vio obligado a buscar comida para alimentar a los robustos y apetentes Rómulo y Remo, y ya no tuvo tiempo para fechorías. De grandes, los niños viajaron a Europa y fueron muy importantes, aunque como hermanos no se puede decir que se llevaran bien.

La loba, por último, fue apreciada por todo el barrio de San Telmo, que premió su gesto levantando una estatua en el mismo Parque Lezama. Cualquiera que pase por allí puede verla. Es una escultura que muestra a una loba y a los dos niños, y está ubicada en el sitio donde el animal los encontró.

De Cinthia Scoch no podemos agregar demasiado, pero se dice que por allí circula un libro que cuenta parte de sus aventuras.



FIN

-Cinthia Scoch y el lobo de Ricardo Mariño. Incluido en Cinthia Scoch, Buenos Aires, Sudamericana, 1991. Ilustraciones: Juan Noailles. Colección Pan flauta.



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"Cinthia Scoch se enamora, se le da por adiestrar cucarachas, la ataca un lobo, entra una nube a su casa, la raptan los indios, a su papá le crece la nariz... Preferentemente no se abra este libro en quirófanos, conciertos y velorios donde las risas puedan provocar inconvenientes. "

Contenido:

-Cinthia enamorada
-Pájaros en la nariz
-Cinthia Scoch y el lobo
-La nube
-Cinthia Scoch y la guerra al malón
-La tía Silvia Pen.


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Visto y leído en:

redes.cepcordoba
http://redes.cepcordoba.org/mod/resource/view.php?id=1267

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Cuento: EULATO



Era un huevito muy extraño. No era de mosca, ni de robot, ni de avestruz. Dos lados rojos, dos lados azules, dos lados verdes: un huevito cúbico. Lo encontraron las hormigas al amanecer. Ellas van y vienen llevando comida al hormiguero. Cuando se encuentran, se dan un beso y siguen. ¡Son tantas!

El primero en verlo fue Quico Hormiga:

–¡Eh! ¡Miren esto! ¡Vengan!

En pocos minutos el huevito cúbico estuvo rodeado de curiosos: la Chinche Verde, el Avispón Mobuto, Tito Nicolás Ciempiés, los Grillos, la Araña Francisca, todo el mundo. Y, por supuesto las 300.098 hormigas. De pronto, mientras miraban al extraño huevito, este empezó a romperse en uno de los lados. En el lado verde.

–¡Uy! ¡Mamma mía! –gritó entusiasmado el Avispón Mobuto.

Después de romperse el lado verde se abrió también el lado azul y enseguida el rojo.

–¿Qué sale de ahí? –preguntó nervioso el Ciempiés mientras movía 46 de sus patas izquierdas.

–Es un pájaro de la Patagonia –opinó sin dudar un gusano–. Lo tengo visto en un manual.

–No. Es una ranita. Una ranita distinta a todas las ranitas –dijo una pulga.

–¡Pero qué va a ser una ranita! Eso es un pichón de OVNI –gritó T. N. Ciempiés, y ya estaba por iniciar su famosísimo discurso sobre “Vida en otros planetoides”, cuando lo interrumpió la señora Abeja.

–Yo no sé qué es –dijo–, pero por la cara, seguro que tiene hambre. Enseguida vuelvo.

Al ratito, la Abeja estaba de vuelta con un dedal repleto de miel. Lo acercó al bicho que había salido del huevito cúbico y este se devoró toda la miel de una sola vez. Enseguida le trajeron otro dedal y una tapita de gaseosa. Finalmente se lo escuchó decir:

–¡Oink, oink! –se tocó la panza e hizo una mueca, como satisfecho. Todos rieron.

Para la noche, entre todos le habían conseguido una casita en el gajo 14 de la planta, y un nombre difícil pero simpático: Eulato.

Al día siguiente, todo el mundo se levantó temprano para ver a Eulato. Ese día comió siete dedales de miel y tres tapitas. Era la atracción del barrio. Los grandes no hablaban de otra cosa y los chicos imitaban sus gritos.

Al tercer día comió el doble, fue necesario agregar a sus alimentos miguitas de pan. En el quinto, granos de girasol y trocitos de ciruela. Era mucho trabajo el que daba, pero lo olvidaban cuando por fin escuchaban a Eulato reír, satisfecho: “oink, oink”.

Para la semana siguiente, Eulato había crecido varios centímetros. Lulo Grillo anunció entonces que enseñaría a cantar a Eulato. Se sentó ante su atril y entonó:

–Grrrllll... –poniendo esa cara ridícula que ponen los grillos cuando cantan.

–¡Oinnnk...! –repitió Eulato, poniéndose colorado.

Después de varias horas, Lulo Grillo se marchó furioso.

Al día siguiente, enterada del fracaso del Grillo, la Araña Francisca quiso enseñar a tejer a Eulato.

Francisca iba y venía con los hilos, los subía y bajaba, los entrecruzaba y anudaba. Cuando Eulato tuvo que repetir el ejercicio, no hizo más que enredarse y cortar hilos. Francisca lo sacó del enredo y se alejó protestando.

Mientras tanto, Eulato crecía y crecía. Ahora comía semillas, tallos de hinojo, porotos. Cada día se levantaba más grande. Una madrugada se escuchó gritar y quejarse al Bichocanasto. Eulato había estornudado y la fuerza del estornudo sacudió de tal modo el gajo 14, que el Bicho Canasto cayó al suelo.

Eulato crecía y crecía.

En otra oportunidad quiso saltar de una rama a otra, jugando, y aplastó la casita de los gusanos.

En la planta de Limón estaban preocupados.

Después de un mes, Eulato había crecido tanto que a cada paso suyo el barrio se sacudía; si quería jugar, las ramas se doblaban y todo el mundo temblaba de miedo.

Hasta que un día organizaron una reunión para ver qué se hacía con Eulato.

Las opiniones coincidían en que debía irse a vivir a otro lado. Así no se podía seguir. Claro que a nadie le gustaba tener que echarlo de la planta.

De pronto, en medio de la reunión, alguien gritó:

–¡Allá! ¡Miren eso!

–¡Uhh! ¡Es igual a Eulato!

Un bicho igual a Eulato se había parado sobre el tapial vecino y desde ahí gritaba:

–Hoink... hoink... hoink... –igual a Eulato pero con “h”.

–Oink... oink –le contestaba Eulato.

Enseguida, después de agitarse y tomar carrera en la rama, Eulato dio un salto y salió volando. Dio tres vueltas alrededor del bicho igual a él, y juntos se fueron volando hasta que de tan lejos, parecían dos pequeñísimas manchas del cielo.


FIN



Visto y leído en: El Libro de Lectura del Bicentenario –Educación Inicial- Ministerio de Educación de la Nación. Plan Nacional de Lectura 2010. Ilustraciones: Jimena Tello / Paula de la Cruz
http://www.bnm.me.gov.ar/giga1/documentos/EL003406.pdf

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Este cuento pertenece al libro:

EULATO
Autores: Ricardo Mariño, Elena Torres (Ilustradora)
1ª ed. Buenos Aires: Colihue, 2003.
Colección: Pajarito remendado. Serie: Celeste


Contenido
Eulato
El avispón Mobuto salva una vida

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Fuentes consultadas:

Ediciones Colihue - Ficha del libro
http://www.colihue.com.ar/fichaLibro?bookId=368

Biblioteca Digital Julio Cortázar - Mariño Ricardo
https://sites.google.com/view/bibliotecajuliocortazar/mari%C3%B1o-ricardo




(Del libro El hombre sin cabeza y otros cuentos, Editorial Atlántida (Buenos Aires, 2001; colección De Terror). Desde los 10 años.)


El hombre, el escritor, solía trabajar hasta muy avanzada la noche.

Inmerso en el clima inquietante de sus propias fantasías escribía cuentos de terror. La vieja casona de aspecto fantasmal en la que vivía le inspiraba historias en las que inocentes personas, distraídas en sus quehaceres, de pronto conocían el horror de enfrentar lo sobrenatural.

Los cuentos de terror suelen tener dos protagonistas: uno que es víctima y testigo, y otro que encarna el mal. El "malo" puede ser un muerto que regresa a la vida, un fantasma capaz de apoderarse de la mente de un pobre mortal, alguna criatura de otro mundo que trata de ocupar un cuerpo que no es el suyo, un hechicero con poderes diabólicos...

Un escritor sentado en su sillón, frente a una computadora, a medianoche, en un enorme caserón que sólo él habita, se parece bastante a las indefensas personas que de pronto se ven envueltas en esas situaciones de horror. Absorto en su trabajo, de espaldas a la gran sala de techos altos, con muebles sombríos y una lúgubre iluminación, bien podría resultar él también una de esas víctimas que no advierten a su atacante sino hasta un segundo antes de la fatalidad.

El cuento que aquella noche intentaba crear Luis Lotman, que así se llamaba el escritor, trataba sobre un muerto que, al cumplirse cien años de su fallecimiento, regresaba a la antigua casa donde había vivido o, mejor dicho, donde lo habían asesinado.

El muerto regresaba con un cometido: vengarse de quien lo había matado. ¿Cómo podía vengarse de quien también estaba muerto? El muerto del cuento se iba a vengar de un descendiente de su asesino.

Para dotar al cuento de detalles realistas, al escritor se le ocurrió describir su propia casa. Tomó un cuaderno, apagó las luces y recorrió el caserón llevando unas velas encendidas. Quería experimentar las impresiones del personaje-víctima, ver con sus ojos, percibir e inquietarse como él. Los detalles precisos dan a los cuentos cierto efecto de verosimilitud: una historia increíble puede parecer verdad debido a la lógica atinada de los eslabones con que se va armando y a los vívidos detalles que crean el escenario en que ocurre.

La casa del escritor era un antiquísimo caserón heredado de un tío —hermano de su padre— muerto de un modo macabro hacía muchos años. Los parientes más viejos no se ponían de acuerdo en cómo había ocurrido el crimen, pero coincidían en un detalle: el cuerpo había sido encontrado en el sótano, sin la cabeza.

De chico, el escritor había escuchado esa historia decenas de veces. Muchas noches de su infancia las había pasado despierto, aterrorizado, atento a los insignificantes ruidos de la casa. Sin duda, esa remota impresión influyó en el oficio que Lotman terminó adoptando de adulto.

Proyectada por la luz de las velas, la sombra de Lotman reflejada en las altas paredes parecía un monstruo informe que se moviera al lento compás de una danza fantasmal. Cuando Lotman se acercaba a las velas, su sombra se agrandaba ocupando la pared y el techo; cuando se alejaba unos centímetros, su silueta se proyectaba en la pared... sin la cabeza.

Ese detalle lo sobrecogió. ¿Cómo podía aparecer su sombra sin la cabeza?

Tardó un instante en darse cuenta de que sólo se trataba de un efecto de la proyección de la sombra: su cuerpo aparecía en la pared y la cabeza en el techo, pero la primera impresión era la de un cuerpo sin cabeza.

Anotó en su cuaderno ese incidente, que le pareció interesante: el protagonista camina alumbrándose con velas y, como algo premonitorio, observa que en su sombra falta la cabeza. El personaje no se asusta, es sólo un hecho curioso. No se asusta porque él desconoce que en minutos su destino tendrá relación con un hombre sin cabeza. Y no se asusta —pensó Lotman—, porque así se asustará más al lector.

Terminó de anotar esa idea, cerró el cuaderno y decidió bajar al sótano.

Los apolillados encastres de la escalera emitían aullidos a cada pie que él apoyaba. En un año de vivir allí sólo una vez se había asomado al sótano, y no había permanecido en él más de dos minutos debido al sofocante olor a humedad, las telas de araña, la cantidad de objetos uniformados por una capa de polvo y la desagradable sensación de encierro que le provocaba el conjunto. Cien veces se había dicho: "Tengo que bajar al sótano a poner orden". Pero jamás lo hacía.

Se detuvo en el medio del sótano y alzó el candelabro para distinguir mejor. Enseguida percibió el olor a humedad y decidió regresar a la escalera. Al girar, pateó involuntariamente el pie de un maniquí y, en su afán de tomarlo antes de que cayera, derribó una pila de cajones que le cerraron el paso hacia la escalera.

Ahogado, con una mueca de desesperación, intentó caminar por encima de las cosas, pero terminó trastabillando. Cayó sobre el sillón desfondado y con él se volteó el candelabro y las velas se apagaron.

Mientras trataba de orientarse, Lotman experimentó, como a menudo les ocurría a los protagonistas de sus cuentos, la más pura desesperación. Estaba a oscuras, nerviosísimo, y no encontraba la salida. Sacudió las manos con violencia tratando de apartar telas de araña, pero éstas quedaban adheridas a sus dedos y a su cara. Terminó gritando, pero el eco de su propio grito tuvo el efecto de asustarlo más aún.

Quién sabe cuánto tiempo le llevó dar con la escalera y con la puerta. Cuando al fin llegó a la salida, chorreando transpiración, temblando de miedo, atinó a cerrar con llave la puerta que conducía al sótano. Pero su nerviosismo no le permitía acertar en la cerradura.

Corrió entonces hasta cada uno de los interruptores y encendió a manotazos todas las luces. Basta de "clima inquietante" para inspirarse en los cuentos, se dijo. Estaba visto que en la vida real él toleraba muchísimo menos que alguno de sus personajes capaces de explorar catacumbas en un cementerio.

Cuando por fin llegó al acogedor estudio donde escribía, se echó a llorar como un chico.

Una gran taza de café hizo el milagro de reconfortarlo. Se sentó ante la computadora y escribió el cuento de un tirón.

Un muerto sin cabeza salía del cementerio en una espantosa noche de tormenta. Había "despertado" de su muerte gracias a una profecía que le permitía llevar a cabo la deseada venganza pensada en los últimos instantes de su agonía: asesinar, cortándole la cabeza, a la descendencia, al hijo de quien había sido su asesino: su propio hermano.

Cuando el escritor puso el punto final a su cuento sintió el alivio típico de esos casos. Se dejó resbalar unos centímetros en el sillón, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Ya había escrito el cuento que se había propuesto hacer. Dedicaría el día siguiente a pasear y a encontrarse con algún amigo a tomar un café.

Sin embargo, de pronto tuvo un extraño presentimiento...

Era una estupidez, una fantasía casi infantil, la tontería más absurda que pudiera pensarse... Estaba seguro de que había alguien detrás de él.

Cobardía o desesperación, no se animaba a abrir los ojos y volverse para mirar. Todavía con los ojos cerrados, llegó a pensar que en realidad no necesitaba darse vuelta: delante tenía una ventana cuyo vidrio, con esa noche cerrada, funcionaba como un espejo perfecto. Pensó con terror que, si había alguien detrás de él, lo vería no bien abriera los ojos.

Demoró una eternidad en abrirlos. Cuando lo hizo, en cierta forma vio lo que esperaba, aunque hubo un instante durante el cual se dijo que no podía ser cierto. Pero era indiscutible: "eso" que estaba reflejado en el vidrio de la ventana, lo que estaba detrás de él, era un hombre sin cabeza. Y lo que tenía en la mano era un largo y filoso cuchillo...



FIN



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El hombre sin cabeza y otros cuentos. Ricardo Mariño. Ilustraciones de Gustavo Ariel Mazali.
Buenos Aires, Editorial Atlántida, 2001. Colección De Terror. (Desde los 10 años)
"Tres relatos del más genuino género del terror.
Sin concesiones, con una trama que atrapa desde el primer momento, cada relato invita al lector a sumergirse en mundos inquietantes donde no falta ninguno de los ingredientes característicos del género: hombres sin cabeza, cuerpos habitados por otros, seres que vuelven de la muerte a cobrar venganza." (Texto extraído de la contratapa del libro)

Contenido del libro:
• El hombre sin cabeza
• El habitante de cuerpos ajenos
• El condenado


Títulos de esta colección:



* El mutante y otros cuentos.
* Los demonios y otros cuentos.
* La transformación y otros cuentos.
* El hombre sin cabeza y otros cuentos.

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Visto y leído en: Revista Imaginaria
http://www.imaginaria.com.ar/06/9/marino3.htm

"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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