Biblioteca Popular José A. Guisasola

Ricardo Mariño es un consagrado escritor argentino, que publicó más de setenta títulos de literatura infantil y juvenil. Sus libros merecieron, entre otras distinciones, el Premio Casa de las Américas (Cuba), recomendaciones de IBBY y el Premio Konex (Argentina).





En épocas muy remotas y en un lugar lejano sucedió que un Rey cayó enfermo. Para curarse, los médicos le recomendaron que antes de una semana bebiera agua de la Gran Cascada, lo único que lo podía sanar. De no hacerlo en ese tiempo, aseguraron, irremediablemente moriría.

Pero la Gran Cascada estaba a muchas jornadas de camino a través de las montañas, por senderos inaccesibles para los caballos y las mulas. Sólo un corredor superdotado podría llegar hasta allí en el tiempo requerido.

El Rey dio a conocer un bando, con el que mandaba a llamar a los hombres más rápidos del reino. A quien realizara la hazaña en el menor tiempo le prometía una gran recompensa.

Uno de los que leyó el anuncio fue Godofredo el Veloz, y ni bien terminó de leer salió hacia el castillo del Rey.


En el camino encontró a un hombre que estaba de rodillas en el suelo, aplicando su oído a la tierra.

–Hombre, ¿qué estás haciendo? –le preguntó Godofredo.

–Estoy escuchando el ruido que hace una plantita a punto de nacer.

–¿Tan poderoso es tu oído?

–¡Ya lo creo! Me llaman Todo Oídos.


–Entonces por qué no vienes conmigo al castillo. ¡El Rey está enfermo y nos necesita!

Caminaron juntos un rato hasta que se detuvieron ante una mujer que estaba mirando hacia las montañas.

–¿Qué estás mirando? –le preguntaron.

–Miro la cúspide de la montaña: allí hay un águila cuidando su nido...

–¿Tan poderosa es tu vista?

–No es el águila la que me llama la atención sino uno de sus pichoncitos: tiene una pequeña mancha blanca en las plumitas que rodean su pico.

–¡Increíble! Tendrías que unirte a nosotros. El Rey enfermo nos necesita..., me llamo Godofredo el Veloz.

–Y yo soy Todo Oídos.

–Acepto. Mi nombre es Telescópica.


Anduvieron los tres hasta encontrar un hombre que estaba tirando una piedra.

–No hay ningún animal por aquí. ¿A qué le estás tirando? –le preguntaron.

–Tiré una piedra para hacerla pegar en la chimenea de mi casa, que está a ochenta cuadras de aquí. Es para avisarle a mi mujer que empiece a hacer la comida.

–¡Es cierto! –exclamó Telescópica–. Estoy viendo a la piedra. Se dirige a la chimenea... ¡Dio en el blanco!, y una mujer se está poniendo un delantal.

–Me llamo Piedrazo. Jamás fallo.


–Si te unes a nosotros podrás ayudar al Rey –le dijeron.

Al fin llegaron al castillo y ofrecieron sus servicios.

Ni bien vio a Godofredo el Veloz, el Rey se dio cuenta de que ése era el hombre indicado.

Pero también se habían ofrecido para ir a buscar el agua de la Gran Cascada, Túdor el Gigante y Osvalda la Peor.

A la madrugada siguiente salieron los tres competidores llevando cántaros para traer agua de la Gran Cascada.

Muy pronto Godofredo el Veloz aventajó a los otros dos. Y en lugar de tardar una semana fue hasta la Cascada en un rato.

Mientras regresaba con un cántaro lleno de agua, encontró a sus dos adversarios, que todavía no habían recorrido más que un corto trecho.

–¡Eh! ¡Un momento! –le gritó Osvalda la Peor–. Ya ganaste, tu velocidad es inigualable. Por qué no descansas un poco y después retomas la carrera.

Godofredo el Veloz aceptó, pero ni bien se apoyó sobre una piedra, Túdor el Gigante lo durmió de un golpe.

–Bien hecho. Ya tenemos el agua. Podemos regresar.

–Moraleja: mejor ser astuto que rápido –dijo Osvalda la Peor, sonriendo desagradablemente.

–Eso, eso –le dio la razón Túdor el Gigante.

Mientras tanto, en las afueras del castillo los amigos de Godofredo el Veloz esperaban ansiosos.

–Algo pasa –dijo Todo Oídos–. Escucho los pasos del Gigante y de Osvalda. Pero caminan hacia aquí. Están a unas cien cuadras.

–Es cierto. Ya veo –dijo Telescópica–. Esos dos vienen con un cántaro lleno de agua. ¡Es el cántaro que llevaba Godofredo el Veloz! Y un poco más allá... a ciento veinte cuadras está Godofredo... parece dormido o desmayado. Tiene la cabeza apoyada sobre una piedra.

–No hay problema –dijo Piedrazo–. Consíganme algo para arrojar.

Todo Oídos se quitó una bota y se la alcanzó.

Piedrazo tomó la bota, se arqueó hacia atrás y la lanzó.

–¡Justo! –exclamó unos minutos después Telescópica–. La bota pegó contra la piedra y despertó a Godofredo. Se está rascando la cabeza... ahora parece haber comprendido lo que ocurrió... ahí sale Godofredo... ¡uh! Ya alcanzó al Gigante y a Osvalda y les arrebató el cántaro, y viene para acá y...

–¡Ya llegó! –gritaron todos.

El Rey bebió el agua, se curó y dio una recompensa a Godofredo.

No era mucho: los reyes suelen ser tacaños y creen que la gente queda satisfecha sólo con conocerlos. Al menos alcanzó para comprar una nueva bota para Todo Oídos. Después recordaron que la esposa de Piedrazo tenía lista la comida y se fueron a festejar el haberse encontrado, con una buena comilona.


FIN




“Los cuatro increíbles” de Ricardo Mariño.
En El héroe y otros cuentos. Alfaguara Infantil. 1996.
© Ricardo Mariño
Ilustraciones: Mónica Pironio
Diseño de tapa y colección: Plan Lectura 2009
Colección: “Escritores en escuelas”
Ejemplar de distribución gratuita.
Ministerio de Educación
Secretaría de Educación
República Argentina, 2009

Visto en: planlectura.educ.ar


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