Biblioteca Popular José A. Guisasola

Ricardo Mariño es un consagrado escritor argentino, que publicó más de setenta títulos de literatura infantil y juvenil. Sus libros merecieron, entre otras distinciones, el Premio Casa de las Américas (Cuba), recomendaciones de IBBY y el Premio Konex (Argentina).


Ricardo Mariño - LIBROS INQUIETOS



Sus libros no se portan muy bien, no son disciplinados, tienen formas raras, y se ríen hasta de los temas serios. Y son tan sorprendentes que, a veces, cuando esperamos lo humorístico, se ponen formales. Sí, sus libros son muy inquietos y tienen como destinatarios a los chicos que, como él, sabrán disfrutar de lo ridículo, de lo sobrenatural. Y también de quedarse pensando…


REPORTAJE de la Revista Compinches

Dicen que los artistas que trabajan con el humor suelen ser serios –incluso “amargos”-, pero ése no parece ser el caso de Ricardo. Este escritor que –con su exquisito humor negro- es capaz de reírse hasta de su propia muerte escribiendo su epitafio (“Aquí yace / Ricardo Mariño / en su sepultura. / Los niños descansan / de su escritura”) tiene mucho sentido del humor también personalmente.
A veces, evoca algo y se ríe; todo lo cuenta con gracia, con entusiasmo. Tal vez porque, como nos confesó, su idea es que “si vas a hablar, tenés que contar algo que interese, que seduzca al otro. Es una posición de cuentista.” Con ese hombre, autor de libros inquietos, hablamos los compinches, ávidos lectores.

¿Cómo creás a tus personajes y cómo inventás sus nombres?
Generalmente, primero se me ocurre la historia y después pienso en los personales y trato de acomodarlos a eso que se me ocurrió. Pero muchas veces la historia y los personajes vienen juntos. En cuanto a los nombres, en los libros para chicos, en general pongo nombres como medio absurdos, que se correspondan con el oficio del personaje o que sean medio anormales. Lo hago porque el nombre del personaje me resulta importante. Si el nombre me convence, si me parece que se recorta del océano de nombres que hay, entonces es como si existiera. Cuanto más extraño es, más efecto de existencia tiene dentro de una literatura como la que yo hago, que es medio de humor. Por ejemplo, para mí, Cinthia Scoch tiene más efecto de verdad que Tamara Rodríguez. Me resulta más consistente.

¿Te reís mientras se te van ocurriendo esas ideas?
Sí. No me mato de risa, pero me divierto. Me resulta como un juego.

¿Escribís todo el día?
No, en realidad escribo re-poco, siempre me ha costado escribir… Es decir, es medio paradójico porque me resulta fácil, escribo rápido, pero a la vez tengo una resistencia a ponerme a escribir. Enseguida se me ocurre que tengo que cocinar, o voy a leer el diario al bar, me encuentro con un amigo, voy al banco, lo ayudo a mi hijo con alguna cosa que tiene que hacer, se me ocurre pintar el departamento, o acepto dar una charla en San Juan. ¡Me prendo en cualquier cosa! Son todos pretextos para no ponerme a escribir.

Entonces, ¿por qué escribís?
Porque me gusta escribir, pero más que nada porque necesito escribir. A pesar de todo esto que les dije de mis resistencias para sentarme a escribir, necesito escribir. Es decir, yo estoy mejor cuando escribo.

¿Es cierto que el de escritor es un trabajo muy solitario?
Sí, sí, es un trabajo solitario. Sobre todo, en comparación con trabajos en los que directamente se trabaja en grupo y dependés de las decisiones de otras personas, o te aportan opiniones, o te mandan cosas. Para el escritor no hay nada de eso. No hay nadie que te mande, ni nadie que te pida. En apariencia, son todas ventajas, pero hay algunas desventajas, porque un trabajo con otra gente de algún modo te acomoda el día. En cambio, en tu casa, para escribir, no. Dependés exclusivamente de vos, de tu voluntad.

¿Alguna vez abandonaste un cuento?
Sí, pilas de veces, muchísimas. Cuando empezás un cuento tenés como la intuición de que ese cuento, esa historia, va a funcionar. Pero por ahí avanzás, avanzás y llegás a la conclusión de que no te gusta, que no sirve, que no lo podés hacer, y se evapora. O escribís entusiasmado una semana y un día, de golpe, lo leés y no te gusta más. Escribir es como probar; tal vez sea importante para alguien que escribe darse el lugar para hacer pruebas, experimentar, sabiendo que muchas de esas pruebas después no van. Igual que un pintor.

¿Los escritores que viven de escribir sienten presión cuando no se les ocurren nuevas ideas?
Sí, más que presión, lo que sentís es como una especie de sinsentido, de vacío. Querés hacer algo y no podés. Cuando estás entusiasmado escribiendo un libro, todo está bien.

¿Cómo hacés para tratar el tema de la muerte en tus libros para chicos?
Para mí no es difícil. Yo no me propongo “les voy a aclarar a los chicos el tema de la muerte”, un tema que ni siquiera es muy claro para los adultos. Yo escribo cuentos en los que eventualmente están todos muertos, o muere algún personaje, pero no me propongo aclarar un enigma, sino que simplemente a los personajes les pasa eso. Yo tengo como una intuición y confío en ella: hasta dónde ir con un tema, qué cosas tomar… Y me manejo con cierta tranquilidad porque actúo cuando escribo como actuaría en la vida. Yo no pasaría a lo incomprensible, a lo angustiante. Pero, por otro lado, lo angustiante y absurdo es no hablar de esas cosas. Revestir la muerte de ocultamiento la vuelve más fantasmal.

¿Qué es lo que no puede faltar en un cuento y qué es lo que no puede haber?
Yo diría que lo que no puede faltar es una novedad en cómo está escrito, o en la forma, el argumento, el desenlace, o el tema. No debiera faltar algo que sorprenda al lector. Y lo que no debiera haber es la idea de que el cuento esté hecho para enseñar algo, que esté directamente pensado para modificar el pensamiento del lector. El juego de la literatura y el arte es que vos escribís un cuento o pintás un cuadro de la mejor manera que podés, y ocurre que después alguien lo lee o lo mira, y aprende algo, entiende algo, siente algo. Es como una casualidad mágica que se da y allí está el placer extraño que tiene un buen cuento. Pero no es que vos manejás todo el circuito.

¿Qué diferencias encontrás en el trabajo de escritor antes, sin la computadora, y ahora?
Hay muchísima diferencia. La computadora te ahorra un montón de tiempo, podés escribir veinte versiones de un mismo cuento y guardarlas a todas, podés pegar las partes que te gustan… podés hacer un montón de cosas que antes te dificultaban la tarea.
Cuando querías hacer una corrección, tenías que volver a escribir todo. O si no, hacer un emplasto, recortar un papelito y pegar encima, o tapar con una cintita blanca adhesiva que existía. Igual, convengamos en que Borges, Tolstoi, Chejov o Shakespeare escribieron sin computadora. Es decir, la computadora no hace que alguien escriba bien; sólo le facilita las tareas prácticas.

¿Internet sirve a la hora de escribir un cuento?
Podría aportar en la investigación de un tema que tiene que ver con tu cuento, pero es lo mismo que recurrir a la biblioteca, con la contra de que Internet es una fuente sospechosa, porque no sabés si lo que estás leyendo es correcto o lo escribió alguien que no tiene ninguna seriedad sobre el tema. Pero a veces te saca de apuros. Por ejemplo, si necesitás nombres de calles de Viena –porque tu cuento transcurre allí-, ponés “Viena” en el buscador y en tres minutos tenés el planito de la ciudad, sabés por donde andan tus personajes…

¿Te parece que la tele y los libros son dos cosas que están peleadas entre sí?
Digamos que los libros están peleados con la televisión tal como es –no como uno querría que fuera-. La televisión avanza hacia una cosa de superficialidad y rapidez. También hay un tema actual que tiene que ver con la globalización; con que todos seamos iguales, pensemos lo mismo, hagamos las mismas cosas y consumamos de todo, todo el tiempo, aunque no lo necesitemos, seamos senegaleses o paraguayos. En ese sentido –el de uniformar al mundo-, el instrumento más fuerte es la televisión. También está el tema de que pasar de un canal a otro modela tu sensibilidad: se resbala de una sensación a otra, nada te produce grandes cosas. El libro, en cambio, en algún sentido, te obliga a tomar partido; requiere una actitud mucho más activa y es más personal; necesitás creatividad, dejar de lado la cosa histérica, dedicarle tiempo; hay un trabajo con el lenguaje, tenés que imaginarte cosas… En todos esos sentidos es que me parece que la televisión está en el lado opuesto de los libros.

¿Qué diferencias encontrás entre el mundo de los grandes y el de los chicos?
La inocencia, cierta cosa transparente de los chicos y la manera de tomar la jornada como una posibilidad de juego, de placer… Los chicos, en general, tienen una actitud de vivir el día bien, se preparan para pasarlo bien. Eso es algo que me parece muy sano y ojalá los adultos vivieran siempre así, porque la mayoría ve la vida como una preocupación, tiene una vida como más amarga. Y lo digo porque me parece que no debiera ser así. La vida es una sola y lo ideal sería que los chicos y los grandes la disfruten.

¿Vos eras muy imaginativo de chico?
Sí, creo que sí. (Se ríe bastante).

¿Por qué te reís así?
Porque, en general, esa pregunta me la hacen vinculada a si yo escribía, ¡pero yo era pésimo escribiendo! Sin embargo, sé que era imaginativo, en el sentido de estar inventándome historias, pensando… ¿Vieron esas típicas fantasías cuando te vas a dormir, que pensás en hazañas, en viajes, en diálogos en los que vos siempre salís re-bien parado? Yo tenía todas esas fantasías positivas y supongo que me moldearon, que me marcaron. Yo tenía una actitud como de corrección sobre la realidad: cualquier cosa que pasaba, yo me la imaginaba muchísimo mejor, de acuerdo con mi conveniencia. (Risas).

Como Juan Pablo Varsky, que nos contó que de chico se imaginaba que era el héroe de un partido de fútbol porque hacía el gol ganador sobre el último minuto del partido…
Sí, historias deportivas, hazañas amorosas, épicas, policiales, todo lo que se te ocurra. Me acuerdo que era un mecanismo por el cual todo iba creciendo: primero se me ocurría una idea razonable, como que yo era “buen” jugador de fútbol. Después yo era el “mejor” jugador. Más tarde ya hacía “demasiados” goles… ¿Y vieron cuando la historia se excede? Ya sos Maradona, nadie te para… Y llega un momento en que la idea crece, crece hasta que llega a un tope, y entonces estalla, se disuelve. (Ricardo recuerda y se ríe mucho).

¿Le contás al ilustrador cómo imaginás los lugares y a los personajes?
Yo no tengo mucha relación con los ilustradores, desgraciadamente. Yo le entrego a la editorial lo que escribí, la editorial convoca a un ilustrador y ahí salen los libros. A veces, el resultado me gusta mucho y otras no. por ejemplo, con el libro El insoportable, al personaje no le gustan los deportes y le gusta leer; entonces, los dibujantes lo hacen gordito y con anteojos. Es un encasillamiento y una asociación común contra la que yo lucho. Cualquiera que piense un poco lo artístico, tiene como enemigo al lugar común.

¿Cómo viviste el Mundial?
A mí me gusta mucho el fútbol, me interesa mucho y lo sigo. Pero estaba totalmente harto de que transmitieran las 24 horas, harto del periodismo, que estaba diciendo estupideces todo el tiempo, esos tipos que fueron a Alemania a entrevistar a la gente; todo eso era de una inutilidad terrible. Pero el Mundial en sí, el hecho futbolístico en sí, a mí me interesa, y lo miré y lo viví con interés, con pasión, ¡con sufrimiento!

Revista Compinches. Reportaje a Ricardo Mariño, revista Nº 28, julio 2006, año 3
Entrevistan:
Guido, 10 años, y Julia, 11 años.
Producción y redacción:
Gisela Schmidberg
Fotos:
Javier Moreno



Revista compinches
Visto en su Página de Facebook

"Argentina crece leyendo"

Garabatos sin © (2009/2017)

“Por una biblioteca popular más inclusiva, solidaria y comprometida con la sociedad”
Ir Arriba