Biblioteca Popular José A. Guisasola

Ricardo Mariño es un consagrado escritor argentino, que publicó más de setenta títulos de literatura infantil y juvenil. Sus libros merecieron, entre otras distinciones, el Premio Casa de las Américas (Cuba), recomendaciones de IBBY y el Premio Konex (Argentina).




Era un joven mensajero del rey llamado Teobaldo, que para hacer su trabajo cruzaba ríos y montañas y sorteaba toda clase de peligros. Pero no era persona sino personaje. Era el personaje del primero de los cuentos de un libro que en total tenía cinco relatos.

El libro estaba en la biblioteca de una escuela y era uno de los preferidos de los alumnos. Sin embargo, los chicos lloraban en el último cuento porque trataba sobre una princesa que estaba encerrada en una cueva.

Un ogro maligno la había encerrado allí. Al final la chica comenzaba a llorar y sus lágrimas inundaban a todo el reino: el Ogro, ella y todo el mundo morían ahogados.

Como los chicos de la escuela solían leer en voz alta, Teobaldo prestaba atención a ese cuento. Así llegó a enamorarse de la princesa y un día decidió hacer una expedición para salvar a la princesa.

Teobaldo caminó páginas y páginas. Atravesó un cuento sobre un incendio, otro de laboriosos animalitos que hablaban y otro, muy tonto, sobre hadas. Al fin llegó al cuento de la princesa.

En la entrada de la cueva donde un Ogro mantenía cautiva a la princesa había un espantoso dragón. El dragón lanzó sobre él sus potentes llamas para convertirlo en un chicharrón derretido pero Teobaldo usó un matafuegos que había tomado en el cuento del incendio. El dragón, sin fuego, era más inofensivo que una gallina.

En el fondo de la caverna estaba el Ogro. Teobaldo sacó de su bolsillo las cien abejas de las que se había hecho amigo en el cuento de los animalitos y ellas se encargaron de correrlo al Ogro durante veinte páginas.

A continuación, Teobaldo desató a la princesa un segundo antes de que comenzara a llorar e inundara el reino. Con la varita mágica que le había prestado una de las hadas tontas hizo aparecer un carruaje y en él escaparon los dos, se casaron y fueron felices.

Desde entonces el último cuento tuvo final feliz y para Teobaldo el trabajo fue doble, si los chicos estaban por leer el primer cuento corría para participar de mensajero; si en cambio se les daba por leer el último, corría para hacer de héroe que salvaba a la princesa.

Y los chicos que leían rápido hasta llegaban a verlo en los demás cuentos, mientras tomaba el matafuegos, hablaba con las abejas o le pedía la varita a las hadas tontas.





RICARDO MARIÑO
Libros con magia
Editorial Santillana


"Argentina crece leyendo"

Garabatos sin © (2009/2017)

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